Lo que mi mamá me enseñó de publicidad es la declaración de mi concepto de «marketing espiritual», gracias al cual se manifiesta la magia que debe tener una marca en su alma para conectar con el corazón del consumidor. Hay que ir hasta el alma de las empresas y sus propósitos para encontrar aquello que desde el corazón de sus fundadores y creadores dio lugar a los productos que han puesto a disposición del público. Entre más comprometidos e integrales, seremos capaces de distinguir los valores que inspiraron y motivaron un sueño que luego se convirtió en un producto, del mismo modo lograremos comunicar desde la sinceridad y las emociones con el corazón del cliente.
Si una marca quiere llegar lejos, debe involucrar tanto al cliente externo como al interno, en su propósito, en su misión en el mundo, y los líderes deben involucrar a sus equipos en su sueño, su visión, de esa manera la coherencia con los valores como respeto, diversidad, protección del medioambiente o responsabilidad social, será compartida con todos. De esto se trata el marketing espiritual, de la necesidad de que más allá de los productos que se elaboran, las marcas tengan claridad en sus propósitos verdaderos, para que puedan entender al ser humano que está detrás de sus clientes.

